miércoles, 9 de mayo de 2012

Más allá de Orión




"Yo... he visto cosas que vosotros no creeríais: Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo... como lágrimas en la lluvia.”


Blade Runner



   Entra en el bar y mira alrededor, sordos sus sentidos a la muchedumbre, ajeno a balbuceos, a palabras sin sentido.

   Llega a la barra y se sienta, la barba le roza el cuello de la camisa, y el pelo se ensortija largo, lleva tiempo sin cortárselo, sin dar importancia a su apariencia física. Vuelve a mirar a su alrededor y un escalofrío recorre su espalda… ¿así era? ¿estos los colores? ¿estas las palabras…?, se pregunta sin recordar cuándo fue la última vez que pisó tierra.

   El navegante coloca sus manos curtidas por mil levantes en la hierática superficie de la barra, tomando el vaso de licor que entra en su garganta quemando pesares, lim-piando cual purgante macerado de los estanques de los dioses.

   Suave, la superficie de la mar esta suave, en calma…

   – ¿Quiere otro trago?

   No responde, tan sólo mira a la camarera con la sensación de estar viendo un espejismo más, un ente que no ha presenciado la danza de los fundamentos de este mundo, el atisbo de lucidez, de los engranajes que mueven el cosmos, la ecuación perdida, la sombra de Oz escondido tras el biombo, el lugar donde arden las naves más allá de Orión…

   El navegante se levanta y sonríe volviendo a puerto. Cada vez atraca menos tiempo, menos horas en los dominios de los hombres, volviendo al líquido elemento que le curte la sangre y le susurra al oído con su voz de escamas plateadas.

    Sabe que quizás esta sea su última navegación.

   Puede que no vuelva a pisar tierra. Sin embargo, una paz inmensa se apodera de él cuando deja la bocana del puerto y observa la mar abierta, el lugar donde todo empezó y donde acabará algún día.

    Es entonces cuando escucha su voz.

   Es en ese momento cuando su sangre comienza a murmurarle unas coordenadas que llevaba tiempo esperando oír.


 

viernes, 27 de abril de 2012

Una X marca el lugar



   Disculpen, seguidores, si he tardado más de lo habitual en colgar un nuevo artículo. He estado terminando la segunda parte de una trilogía en la que me he sumergido con entusiasmo, intentando disfrutar cada golpe de tecla, que a fin de cuentas es de lo que se trata. Ya tengo listos los borradores de los dos primeros libros, dos partos más o menos. El tercero lo dejo para el próximo otoño.
   Y es que el virus de la imaginación no tiene control.
   Es el mejor escudo ante la maldad al que pueden asirse, presentando frente a la batalla del horror, de la soledad o de las miles de trampas que uno puede encontrar en esta jungla. Ya lo decía en un artículo anterior. La sensación de crear un mundo paralelo al que vivimos, aunque sólo sea dentro de nuestros cerebros, es fascinante, única, un fenómeno al que sacarle partido. No paro de conocerme a mí mismo al ver las reacciones de los personajes que toman vida, que reclaman su espacio filtrándose por mis poros, de rodar escenas como si estuviera viviendo dentro y alrededor de mí los fotogramas de una película que se está rodando en secreto y que algún día compartiré con el mundo que me rodea.
   Y es que hay lugares que invitan a ello, a soñar, como la de la foto de arriba, Venecia, en la que el vello se me erizó al ver la Iglesia de San Barnaba.  Justo allí dentro había una biblioteca enorme, y una X marcaba el lugar de entrada a unas galerías subterráneas cuando Indiana Jones buscaba a su padre desaparecido junto a una rubia malvada en su Última Cruzada, ¿lo recuerdan?
   Escenas que te llevan a otro lugar, cuando uno era niño y creía que la vida podía parecerse a una de aquellas películas o libros de aventura.
   Al crecer la mente se hizo mi aliada, y no dejó que la maldad y el horror de un mundo gobernado por el caos superase las murallas de la imaginación y los sueños.
   Por eso escribo sacando el espíritu aventurero de la niñez.
   Por eso cuando viajo me gusta ir acompañado de los personajes que creo,  que me susurran al oído el lugar donde se ocultan, mostrándome que siempre, sea donde sea, habrá una X que marque el lugar donde dejar los problemas y llamar a primera fila a la caballería de la imaginación.

lunes, 27 de febrero de 2012

Qué hubiera sido...




“Al despuntar el día, cuando te despiertas perezosamente, ten presente esto: Para una obra de hombre me despierto. ¿Es que todavía estoy de mal humor si me encamino a hacer aquello por lo que he nacido y gracias a lo cual he sido traído al mundo? ¿O es que he sido constituido para permanecer calentito, tendido bajo a cobija?”
Meditaciones
Marco Aurelio (121-180 dC)

   Qué hubiera sido de ellos, de nosotros…
   Piénsenlo, porque todos y cada uno de nosotros, de ustedes, lectores, forman parte de este todo.
   La rabia por la injusticia, la intolerancia de muchos y la bondad de pocos, la prepotencia de casi todos y la generosidad de una pequeña parte del hormiguero que ven a su alrededor. La difícil situación actual que atravesamos, la dura tempestad del trabajo… Son muchas las razones que imagino pasarán por su cabeza cuando se despiertan por la mañana, quizás de madrugada, y sienten deseos de huir a una isla lejana donde plantar mejores semillas de una sociedad más solidaria y cabal, con menos puñaladas y más manos tendidas. Sin embargo, somos hombres y mujeres que nos debemos precisamente a ello, a nuestra condición, a nuestro rol en el engranaje de cada día.
    Qué haría un reloj sin su cuerda…
   Imaginen, cuando el desánimo aparezca, cuando se sientan cansados de luchar y tentados a abandonar el frente de batalla, en qué habría sido de Ulises si hubiera dejado de luchar en el mar, de creer en sí mismo… A los dioses tenía en su contra, y aun así se construyó una balsa y con dos cojones regresó a su casa.
   Qué hubiera sido de Perseo si hubiera dado por perdida la idea de cortarle la cabeza a una Gorgona… Allí fue el amigo, buscándose las papas con el casco de Hades y la espada de Hermes, y ahí que lo vemos levantando la cabeza de la Medusa, orgulloso tras el trabajo realizado con valor y tesón…
   Qué hubiera sido de todos nosotros si cada vez que hemos tenido que luchar hubiéramos dado por perdida la batalla, abandonando las armas de las que disponemos, si hubiéramos hecho caso a las palabras de los miles de ladrones de energía y moral con los que topamos cada día dando por válidas sus envenenadas aseveraciones. Quiénes son ellos para salir en primera plana y opinar, quiénes se creen para decirnos de lo que somos capaces…
   No señores, ¡no!
   A nuestras batallas, como nuestros héroes, con dos cojones.
    Y cuando nos quieran hacer creer que es imposible, con más ganas…
   Ya les enseñaremos a todos aquellos pesimistas que niegan nuestras capacidades y virtudes, la balsa que nos construimos con nuestras propias manos para alcanzar nuestra patria, sea la que sea, o la cabeza cortada de la Gorgona que nos quiso convertir en piedra.
   Entonces miraremos a nuestro alrededor, nos alzaremos en el campo de batalla, llámese éste como se llame, y nos diremos susurrando: aquí estoy, aquí me tenéis, con dos cojones…


miércoles, 11 de enero de 2012

Bajo un mundo aparente





"El hombre individual y las comunidades humanas han hecho
caso omiso de la experiencia histórica, y una y otra vez han
persistido en el mismo error identificando la felicidad con la
riqueza, buscándola siempre fuera de su inmediato alrededor."

Tartessos
La ciudad sin historia

Juan Maluquer de Motes



Bajo un mundo aparente…
No sé a ciencia cierta qué suerte de objetos y de seres pasarán por mi lado sin que sea capaz de percibirlos. Borbotones de personas anónimas en metros y autobuses, en plazas y calles. Artilugios que pasarán por mis manos y que soltaré de nuevo al mundo para que sigan su curso, su rumbo. Y es que como en la náutica, todos tenemos nuestras propias coordenadas, nuestro rumbo trazado en la carta esférica de nuestra vida. Un rumbo aparentemente seguro.
Sin embargo, más allá del plano mundano, existe otro secreto. A veces no sólo uno, sino miles.
¿Cómo? ¿No se lo creen?... Sigan leyendo.
Me ocurrió hace poco, mientras rodaba algunos capítulos de mi próxima novela en la antigua tierra de la tribu parisia, Lutecia, la ciudad de la luz, más conocida desde hace mucho tiempo como París.
Crucé el cementerio de Montparnase bajo una fina lluvia que desdibujaba los contornos de las lápidas, a las que el agua lamía como si se alimentara de humores mortuorios exhalados de las cruces de piedra. Mi objetivo era llegar a la entrada de las antiguas minas de caliza romanas, lugar de reposo de unas seis millones de almas trasladadas allí sobre el siglo XVIII y XIX desde diferentes camposantos para evitar epidemias y aminorar el excesivo aumento de cadáveres.
Adentrarme en aquel mundo subterráneo me resultó de lo más inquietante. Tomaba anotaciones y fotografías, como la que ven arriba, a lo mío. Sin embargo, llegó un momento en el que guardé la cámara. Las oquedades de los cráneos en los que una vez parpadearon ojos, que alguna vez lloraron y sufrieron, me hicieron sentir una inmensa sensación de pequeñez, de volatilidad etérea. La idea de lo efímero me apenó. Esto es lo que queda, pensé. Así que seguí caminando, pero sin tomar más imágenes. Y es que ellos, aquellas miles de calaveras, fuesen quienes fuesen, no me habían dado permiso para que les fotografiara. Incluso me planteé lo ético de exponerlas como una atracción de feria.
Los túneles, kilométricos, se alargaban en una siniestra oscuridad que sin embargo no producía temor, sino calma. La más aterradora de las calmas y los silencios que se puedan temer.
Cuando salí de allí al exterior, respiré hondo, aire fresco, observando a la gente que se cruzaba por delante de mí extrañando su carne, preguntándome si serían conscientes del mundo subterráneo que subyacía bajo su mundo aparente.
Y me pregunto de la misma forma, si alguna vez han pensado en qué otras personas vivieron y sufrieron donde ahora mismo planta usted sus pies, bajo el subsuelo de su casa o edificio, cuántos secretos guarda la ciudad en la que vive o quién murió en la plaza donde compra todos los días el pan. Lejos de creer nuestra condición caduca, nos creemos inmortales, vivientes en un extraño lugar llamado presente mirando poco o nada a nuestro alrededor.

Así que les invito a que indaguen, que investiguen.
Quién sabe, quizás acaben encontrando algo: una aventura olvidada en un archivo, una promesa escrita bajo un sillar de roca ostionera o el nombre de un navío que le haga surcar nuevos mares.
Quién sabe…
Tal vez vivan, sin saberlo, rodeado de otros mundos más allá del aparente.




miércoles, 21 de diciembre de 2011

La Navidad y el Sol





Navidades…
Empecemos por el principio:
Hace mucho, muuuuucho tiempo, cuando aún andábamos batallando a espada y el Facebook se escribía en una tablilla de cera, los hombres rendíamos culto al sol. Ese era nuestro dios (imagínenlo así como introducción necesaria dado el protagonismo de este astro para este artículo, entre otros tantos motivos de necesario culto que ha tenido y tendrá nuestra inquieta especie y que llenarían sobremanera estas líneas). En concreto, incluso hubo un emperador romano llamado Aureliano que allá por el siglo III d.C. instauró como religión oficial el Sol Invicto, el sol invencible como factor común de culturas diferentes. Por cierto, ¿saben qué día nace ese sol al que se le adoraba? ¿Conocen un día llamado solsticio de invierno?...
Más.
Mucho antes de esta instauración de la navidad, ya existían fiestas en honor a la fecha en que el día comienza a ganarle tiempo a la noche, esto es, sencillamente, que empieza a haber más tiempo de luz. Les invito a que curioseen sobre las ancestrales Brumalia o las Saturnalia romanas precristianas. Exacto, se celebraban en torno a estas fechas. Fiestas paganas que fueron sustituidas, no sin esfuerzos, por las cristianas. Ojo. No digo que una sea mejor que otra. En este artículo no hay buenos ni malos… Sólo me gusta saber la verdad que subyace ante las imposiciones que una vez al año amartillan la mente, los sentimientos y el bolsillo de unos y que para otros son paradigma de felicidad, de emotivos encuentros afectivos. Ya saben: Vuelve, a casa vuelve, por navidad… Y tal…
Sí.
La navidad es una adaptación que se hizo en su día, (en el 336 aparece oficialmente la navidad en el calendario romano, once años después del Concilio de Nicea) hace mil setecientos años más o menos, en la que se asoció el nacimiento de Jesús de Nazaret (sin datar en la Biblia, por cierto) con la fecha del solsticio, el día en que “nace el dios sol”. Por otro lado una tradición judía afirma que los profetas son concebidos el mismo día que mueren, por eso, como se cree que Jesús murió un 25 de marzo, sería concebido en tal día y mes, naciendo nueve meses después: un 25 de diciembre.
Hoy.
Vísperas de navidad.
Cenas de empresa donde hay que aguantar, callar por no fastidiar (el que pueda) y cumplir. Comidas imposibles de digerir, vinos y dulces que disparan el azúcar y el colesterol. Compras… Compras. Compras. Más compras. Pagas extras tan volátiles como el éter. Gente abducida, gastando, atiborrando de regalos a niños que sólo ansían abrir tsunamis de regalos, desechándolos luego, frustrándose en ocasiones, arrojando al olvido en cuestión de minutos juegos que no habían deseado previamente; obsérvenlos. Campañas de donación de dinero para países pobres, para quitarnos de encima ese pequeño sentimiento de culpabilidad por darnos homenajes desmedidos, lavar remordimientos (el que los tenga). El resto del año que les den por saco y se busquen un trabajo.
Prefiero otras fechas más cálidas y alegres, pero quién soy yo para escoger…
Ahora les tengo que dejar.
Tengo que marearme comprando regalos imposibles y manjares de aparatosa digestión.
Sin embargo, veo la puesta de sol y le guiño un ojo.
A partir de hoy, susurro, la luz comienza a ganar terreno a la oscuridad.






 

viernes, 18 de noviembre de 2011

Sobre ánforas y neutrinos




"¿Qué es , pues, el tiempo? Sé bien lo que es, si no se me pregunta. Pero cuando quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Me atrevo a decir que sé con certeza que si nada pasara no habría tiempo pasado. Y si nada existiera, no habría tiempo presente"


Agustín de Hipona

Confesiones, XI, 14.




Gades, siglo I d.C.


  -Escucha, Publio, hazme el favor y lleva ese par de ánforas de aceite al barco, que está el jefe que trina contigo, todo el día igual dale que te pego al piquito y de doblar el lomo na de na…

 -Vale, hombre, vale, no te pongas así chiquillo que te vas a hacer viejo muy pronto con ese genio. Es que le estaba explicando aquí al amigo Cayo, lo avanzado que está todo, la ciudad como va, en fin, que nadie sabe a dónde seremos capaces de llegar algún día.

 -Tú no creo que llegues muy lejos si no te pones a currar ahora mismo.

 -Me refiero a todos, en conjunto, a la humanidad, a qué no será el hombre capaz de hacer. Por ejemplo, ¿te imaginas que algún día seamos capaces de volar como esos gorriones?

  -Pero no digas tonterías hombre.

  -O de ir a la Luna.

 -Hablas de ser un Dios y tocar a una diosa, eres muy osado.

 -¿Qué diosa?... eso es un pedazo piedra… Muy grande, pero eso es una piedra. Joder, dime tú sino lo parece.

 -Pues sí, lo parece, pero…

 -O que seamos capaces de hablar con alguien que esté en Barcino o en Roma, pero así, como estoy yo hablando contigo, ¿te imaginas?

 -¿Y eso cómo va a ser hombre?... Como te escuchen decir esas cosas te van a utilizar de cebo para los leones en el anfiteatro. Ahora coge esas ánforas si no quieres que te meta un latigazo que se te quiten las tonterías y chifladuras que tienes en esa cabeza… Entonces sí que vas a volar, pero de las zancadas que vas a dar…  ¡Ja!, menudo imbécil, un hombre volando… Qué tontería.

  -Pues sí, volando. Quién sabe, lo mismo hasta acaba nuestra civilización, me refiero al Imperio…

  -Ahí te has pasado… El Imperio acabarse…


Cádiz, siglo XXI d.C.


 -Escucha Manolo, llévate para la furgoneta esas dos garrafas de moscatel, anda, que hay mucho parao esperando trabajo para que tú te juegues tu puesto.

 -Ya voy, ya voy, don Ignacio, es que estaba terminando de leer una noticia del periódico que es un auténtico bastinazo… Esa de los neutrinos.

 -¿De los qué?

  -De los neutrinos, don Ignacio. Resulta que han descubierto unas partículas que pueden viajar más rápido que la velocidad de la luz, por lo que deja en clara desventaja las teorías de Einstein.

  -¿De quién?

 -De Einstein, don Ignacio. El caso es que este experimento abre el debate sobre los viajes a otras galaxias, ¿se imagina? Poder ir a planetas remotos sin cohetes, utilizando la materia que estamos descubriendo.

 -Viaje el que te voy a dar yo a ti como no lleves ya las dos garrafas de moscatel a la furgoneta… Un viaje de ida te voy a dar, pero a la cola del paro.

 -Voy, voy, el caso es que incluso hablan de viajar a través del tiempo… Es increíble don Ignacio. El tiempo como una dimensión más por la que transitar. Hay tantas incógnitas y sorpresas esperándonos delante de nuestras narices. Quién sabe dónde vamos a llegar en un futuro, hacia dónde se encamina la humanidad.

 -Tú por lo pronto a repartir ese vino… Anda, caminando, venga, venga… Viajar a través del tiempo, qué estupidez…

  -Pues yo sí me lo creo. Nada es lo que parece, todo avanza. Quizás algún día todo esto de Europa también se acabe y no sea más que historia.

  -Sí, acabarse Europa… Europa historia… Anda, anda, ya he escuchado suficientes tonterías…


martes, 25 de octubre de 2011

Por una sonrisa





"Podemos comprendernos unos a otros, pero sólo a

sí mismo puede interpretarse cada uno"

Demián

Hermann Hesse





   Ernesto sube al autobús y se coloca al fondo, sujetándose al pasamanos para no caer cuando arranca y toma la avenida.

    Unas paradas más adelante suben dos jóvenes y se sientan cerca suya. Cabeza de cresta y cordón de oro. No más de veinte años.  Le miran primero con indiferencia, más tarde con desprecio.

   -Mira- dice uno de ellos - Mira ese vistiéndose de payaso, tiene cojones la cosa.

   -Será uno de esos mimos que se ponen a pedir dinero.

   -Quizás sea un mendigo, ¿has visto cómo tiene de negras las uñas?... Qué asco.

   -Habrá estado buscando en algún contenedor de basura.

   -Mira, mira, hasta la peluca tiene el cabrón.

   -Sí, si... este es de los que no les gusta doblar el lomo y prefieren ir tirando con lo que recogen de limosna en una plazoleta.

   -Bah... ¿Y te has dado cuenta de su mirada? Tiene los ojos enrojecidos, seguro que va tibio de vino blanco.

   -Pues seguro... Que tengamos que aguantar esto en un transporte público... Por favor...


   Unas paradas más adelante, Ernesto se dispone a bajar del autobús, sintiendo una mirada de repulsa a la que responde con un buenas tardes. Sin embargo no ve la zancadilla y cae bruscamente hacia adelante, golpeándose la barbilla por la que comienza a borbotear un pequeño reguero de sangre. Se incorpora como puede y salta a la calle justo antes de que se cierren las puertas. Al girar el rostro observa dos carcajadas alejándose alzando el dedo corazón.

   Ernesto tapona como puede la sangre con un cleenex, limpiándose la herida en una fuente donde lava también sus manos, que no están sucias de buscar en contenedores, sino de trabajar durante doce horas en un taller. De la misma forma, se aclara los ojos, que no están enrojecidos de vino, sino de cambiar cientos de aceites en un foso.

   Ernesto, como cada día, sale a las siete del curro y toma a toda prisa el autobús dieciséis, ese que le deja justo en la puerta del Hospital donde colabora de forma voluntaria. Aún con la barbilla hinchada, saluda como cada tarde al vigilante que le sonríe, se coloca la peluca y la nariz de espuma y cruza  las puertas de la planta infantil donde una docena de niños esperan impacientes su llegada.

   Y es entonces, cuando observa la primera sonrisa infantil postrada en una cama, cuando deja de sentir dolor en el mentón, y en ese momento aleja de sí mismo la duda que por un momento le ha rondado. Y con cada gesto y burla, Ernesto hace que aquellos pequeños olviden el horror, la soledad, la maldad de una raza expuesta a mil peligros que les han rozado y que les acecharán cuando la edad adulta les lleve más allá de la línea de sombra de su niñez.

   Es entonces, cuando ellos sonríen, cuando aún cree que queda algo de esperanza.

   Es entonces, cuando uno de ellos roza con su manita la barbilla hinchada dándole un beso, cuando siente que aún no está todo perdido.






martes, 27 de septiembre de 2011

Esa pregunta




"Una vez satisfecha el hambre, surge la vanidad"

Miguel de Unamuno

Del sentimiento trágico de la vida.



   A la madre que ve partir a su hijo hacia la guerra.

   Al padre que ve cómo dejan en libertad al asesino de su hija.

   Al que acaba de descubrir que su pareja es infiel.

   Al barrendero que quita cada día las mismas cacas de perro de las calles.

   Al parado que escucha promesas políticas vacías.

   Al que insultaron desde pequeño por ser de otro color.

   A la madre que robaron su hijo al nacer.

  Al ciudadano temeroso de entrar en un banco, y al que sale estafado de él.

   Al inocente que espera en el corredor de la muerte.

   Al indigente al que prenden fuego.

   A cualquier víctima del terrorismo.

   A la mujer obligada a vender su cuerpo en una esquina.

   Al espectador que apaga una vez más el televisor aterrado.

   A la víctima inocente de un alcohólico al volante.

   A la mujer que esconde con su flequillo un rostro maltratado.

   Al niño minero que trabaja de sol a sol.




   No se haga a usted mismo esa pregunta que le ronda la mente.

   Hágasela usted a cualquiera de la personas que he nombrado.

   A cualquiera de ellos.




lunes, 22 de agosto de 2011

Júpiter y el cantaor




            Olvido: "Cesación de la memoria que se tenía"
                         "Cesación del afecto que se tenía"
                         "Descuido de algo que se debía tener presente"

                       Real Academia Española de la Lengua.



   -Hércules, qué pasa hijo... Cada día te encarnas en cuerpos más viejos , coño...

   -Hombre Júpiter, opaíto , pisha... ¿Qué tal?.. Qué razón tienes. Este envoltorio carnal es de un carnicero de aquí cerquita, del barrio de Santa María. Es que estuve unos años en el cuerpo de un chavalito joven pero no había forma de encontrar trabajo... La juventud está fatal.

   -Fatal no, peor.

   -Pues eso, mu malamente. Pero a ti no te veo yo muy mal, ja, ja, ja... Hoy de cantaor, ¿no?, hasta las mismas gafas de sol te has buscao, qué cabrón. Como te vean por La viña le da un infarto a más de uno...

   -Ja, ja, ja... Espero que no.  Qué, ¿pescando?

   -Pues ya ves, aquí en La Caleta cogiendo unas caballitas... ¿Cómo van las cosas por el Olimpo?

   -Hace tiempo que no voy por allí, me he cogido unos días de vacaciones. Me están sustituyendo la Juno y la Minerva, que por cierto tienen que estar de papeleo hasta arriba.

   -Dales recuerdos de mi parte cuando las veas. ¿Y por dónde has estado, entonces?

   -Italia, Croacia... Muchas playitas y mujeres guapas, ya sabes, qué te voy a contar, me lo he pasao de escándalo, aunque me ha indignado un poco ver una sucursal mía en Croacia... Herculito, pisha, que se te va esa caballa, cógela.

   -No me llames Herculito, que sabes que no me gusta, pero dime, ¿qué es lo que has visto?

   -Pues eso, una sucursal mía, un templo, el de Split, en Croacia.

   -¿El que está dentro del Palacio del Diocleciano?

   -Ese, ese... Pues no se ha convertido aquello en una feria... Venga mesas y bares y alcohol.. Muchísima gente, atestao aquello a más no poder, pero la mayoría pasa indiferente ante sus muros, ni un cartelito le han puesto.

   -Pues da gracias de que al menos siga en pie y rodeado de vida. Mira mi templo, el de la Isla de Sancti Petri, con la de gente que venía a sacrificar en mi honor y la fama que tenía... Ni una piedra dejaron.

   -Si lo sé, lo sé. Pero da rabia que no se muestre el más mínimo respeto.

   -¿Respeto? ja, ja, ja... En estos tiempos eso es un valor de minorías... Insisto en que lo más importante radica en que tu sucursal no se pierda en el olvido, que los mitos sigan vivos entre la gente.

   -Ya. Supongo que tendré que adaptarme.

  -Mira, mira... Mira qué lomos tiene esta caballa. ¿Quieres quedarte a comer? Yo le digo a mi mujer que eres un compañero de la mili o algo así, un primo del cantaor que se le parece mucho.

   -Venga vale... Voy a comprar un par de botellines en el kiosco, te voy a convidar, ahora vengo.

   -Vale pisha, pero podrías haber escogido otro cuerpo... Qué ocurrencias tienes... Mira que encarnarte en Camarón.

   -Pues lo mismo que el templo... Lo importante es que los mitos no se olviden, que sigan rodeados de vida, ¿no?...





lunes, 11 de julio de 2011

Romances de verano


"La teoría de la gravedad de Newton estaba basada en un modelo en el que los cuerpos se atraían entre sí con una fuerza proporcional al cuadrado de la distancia entre ellos"


Stephen W. Hawking


Historia del tiempo



   Ya vienen a verte.
   A camelarte.
   Y es normal, lógico, con lo bonita que te pones por estas fechas, tan dorada tu piel, atractivo tu aire, frescos tus besos.
  
   Y aunque se que es inevitable, los celos corroen mi alma al imaginar todos los que pasarán por tus brazos, a los que regalarás caricias y mimos embelesándolos como sólo tú sabes hacerlo.

   Y esa íntima relación solitaria con la que compartimos los inviernos se desvanecerá como cada verano, aún a sabiendas de que pocos corresponderán el cariño que les regalas; que la mayoría sólo querrá aprovecharse de tí, utilizarte para luego humillarte, disfrutar de tus encantos para más tarde olvidar tu calor.

  Sin embargo, no debes preocuparte...
  Yo estaré aquí para empapar tus lágrimas en los otoños de abandono y calmar las heridas provocadas por la prepotencia y la ignorancia de los que tan sólo ven en tí el efímero placer del momento, dejando sucio tu cuerpo y tu mirada.

   Ten calma...
   Que yo borraré de lágrimas las orillas de tus ojos.
   Que yo seguiré compartiendo contigo mis secretos con cada sol poniente y bailando al son de tus mareas.

   Por eso te pido que sonrías y, como cada año, tengas calma.

   Ten calma, playa...
   Ten calma.




jueves, 2 de junio de 2011

Maestros, va por ustedes...




"Lo triste es que no sólo nos habituamos a la ley de la gravedad conforme vamos haciéndonos mayores. Al mismo tiempo, nos habituamos al mundo tal y como es."

El mundo de Sofía

Jostein Gaarder




Parece que aún les estoy viendo…

Unos más gruñones que otros, todos entrañables.

Ciencias Naturales, Matemáticas, Lengua Española, Inglés… Maestros como la copa de un pino con toda su dureza y su ternura, con toda su seriedad y humor. Tuve la suerte de toparme con ellos allá por mi infancia, en el Colegio Los Molinos de Conil, hace unos veinte años.

No es que fueran genios o eruditos integrantes de herméticas clases elitistas, se trata, sencillamente, de que además de enseñar sus asignaturas, empleaban ese lenguaje nacido del respeto, la solidaridad y la tolerancia que todos dejamos ya grabado para siempre en nuestra memoria y nuestra conciencia, al mismo tiempo que nos dejábamos sorprender por los nuevos datos que nuestras ingenuas mentes de niñez comenzaban a asimilar, en esos años en los que la sociedad aún no nos había robado la capacidad de soñar.

Recuerdo a Don Emilio, vociferante en matemáticas, un hombre que me inculcó la curiosidad por los minerales y los fósiles que coleccionaba y que exponía en vitrinas por los pasillos del Colegio, como si paseásemos por un museo de Historia Natural, haciéndome sentir un auténtico Indiana Jones cada vez que salíamos a hacer aquellas excursiones a la vieja mina de azufre, germen quizás de mis posteriores inmersiones en la historia.

O Don Gaspar, de Lengua Española, con cuyos dictados tanto aprendí, garante del buen hablar y el acento correcto. Parece que le estoy viendo paseando en el patio durante el recreo, con un libro abierto perenne en sus manos, media sonrisa en la comisura de sus labios, proyectando la curiosidad sobre lo que allí se narraba entre las miradas de niños que le imitarían en un futuro.

Don Antonio, el de Ciencias Naturales, tan campechano, tan cercano… Don Federico, el de inglés, de marcada sonrisa al entrar en clase, al que dejé la mano casi sin circulación de tanto apretarla cuando me partí la ceja a los diez años en el recreo… Tú no tengas miedo, me decía mientras me daban los puntos… Tú aprieta mi mano… Creo que ya se nos fue. Lo imagino llegando allí arriba y gritándole a San Pedro una frase muy suya: ¡Open the windows, please!

Y a todos ellos les doy las gracias por haber inculcado en nosotros, no sólo la materia que les tocaba, sino lo mejor que había dentro de cada uno de ellos, lo que consideraron más importante para hacernos buenas personas. Les rindo este modesto homenaje quitándome el sombrero…  Maestros, va por ustedes…

Y quiero pensar que hoy día sigue siendo así.

Decirle a todos aquellos que se sientan cada día delante de treinta niños que cada palabra que salga por sus bocas contará, que cada gesto quedará grabado en la mente de muchos de ellos, que cada acción podrá abrir puertas en sus pequeñas mentes que absorben información a raudales para conformar su camino particular, que lo que hacen no es tan sólo una labor de instrucción reglada, sino algo más grande y bello en labor conjunta con los padres: la enseñanza.

Como les decía, quiero pensar que hoy sigue siendo así.

Y probablemente lo seguiré creyendo hasta que me levante del escritorio y me dé por encender el televisor.







lunes, 9 de mayo de 2011

La niña que llevaba un libro en el bolso



"Los zapatos plateados - dijo la bruja buena - tienen poderes maravillosos"

El mago de Oz


L. Frank Baum




Lleva siempre un libro en el bolso, o al menos, casi siempre.

Una de tantas coordenadas que, sin ella saberlo, van a ir condicionando la persona que lleva dentro, el ser humano que llegará a ser.


En efecto, cada una de esas páginas va a formar parte de las líneas de sombra que tendrá que cruzar, de las diferentes pruebas, exámenes, decisiones, contratiempos y millones de mares por los que tendrá que surcar.


En los tiempos que corren es difícil ver que un niño porta un libro; es más “normal” verlos absortos en videoconsolas portátiles o en los portales de nuevas redes sociales, opinando sobre gente que se parapeta tras un perfil quizás cierto, quizás no. Y es que cada vez nos alejamos más de nuestra condición natural para vernos reflejados en absurdos y etéreos avatares que nada tienen que ver con la realidad que nos circunda. Perdemos la capacidad de quedar fascinados por un amanecer o atardecer, acostumbrados a observar supuestos prodigios visuales en las pantallas de nuestros aparatos, a dejarnos seducir por las palabras de un libro clásico, porque la verborrea fácil y vulgar se adueña de las masas en todos los niveles de la sociedad, algo que está llegando a verse “normal” en los medios.



–“Hola, soy Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, disponte a morir… “

Y ante todo este caos, independencia, valentía… Carácter.

Ojo, no me confundan carácter con mal humor… “Conjunto de cualidades o circunstancias propias de una cosa, de una persona o de una colectividad, que las distingue, por su modo de ser u obrar, de las demás.” Así lo define la RAE y a eso es a lo que me refiero… Que las distingue de las demás. Alguien que a corta edad ya es capaz de salir de entre una turba de adultos sin cortarse un pelo a leer delante de un público sin que le tiemble la voz, o a tener la imaginación necesaria para inventar historias, a despuntar en el deporte o a hacer que a alguien se le salten las lágrimas al ver gestos de solidaridad que nosotros jamás fuimos capaces de realizar.


–“Hola, soy Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, disponte a morir…”


Y uno ve en esos detalles que quizás lleve impresa esa carga genética necesaria para formar parte de una humanidad en la que aún podamos creer, que lleva implícita en sus acciones la esperanza ansiada, de que no está todo perdido, que aún hay posibilidad de seguir navegando cuando el temporal ha destrozado la arboladura del navío y ya no sabemos hacia dónde orientar el poco velamen que nos queda.


Por eso animo a esa niña que lleva un libro en su bolso, que estudia y ve más allá de las letras y los números, que sin saberlo está conduciendo el barco a buen puerto, mucho mejor de lo que lo harían miles de adultos, observando atardeceres cuyo tejido ancestral remienda el posible daño que haya ejercido sobre ella el temporal de la realidad.


Hace poco la vi subir a un atril.


Y con la cabeza alta y sin atisbo alguno de azoramiento, entonó una cita de su libro preferido…


–“Hola, soy Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, disponte a morir…”





                 A Virginia.

jueves, 31 de marzo de 2011

Ladrones de energía



"Dale media oportunidad a cualquiera y te hará su esclavo, contándote las más espantosas mentiras"


La Costa de los Mosquitos


Paul Theroux


No.



No van por ahí los tiros…



No se trata de un artículo más sobre la crisis energética. Tranquilos que no les voy a invitar a circular a ciento diez ni a gastar menos luz. Este título no va sobre ese tipo de energía, sino que la idea surgió de una conversación con mi hermana pequeña sobre las personas que te hacen sentir bien y las que te colocan una nubecilla con truenos encima de la cabeza, como las de los dibujos animados.



¿Saben esa sensación de repentino malestar que se siente cuando, de repente, hablando en una reunión o con alguien que no es lo que se dice muy afín a nuestra personalidad y forma de interpretar el mundo que nos rodea, el estómago se nos va encogiendo un poco, la sudoración comienza a hacer su aparición y nos invaden ciertos brotes de violencia gastrointestinal contenida que ansía desperezarse a nuestro alrededor en forma de aspersor laríngeo?



Supongo que saben de qué les hablo. Y también imagino que habrán tenido, la mayoría de las veces, que guardar la compostura y el tirón por no herir sensibilidades o arrojar al fuego nuestro siempre valorado saber estar…



Y es que hay por ahí sueltos una manada de ladrones de energía que no cabe en el planeta… Sí, de nuestra energía, de esa misma chispa que hace que nos levantemos al despertarnos por las mañanas con una sonrisa dejando de lado la desgana, que nos roban poco a poco el ímpetu con el que algún día quisimos conquistar el mundo haciéndonos creer que ese mundo conspira contra nosotros… Ay… Qué cerca están y cuántas pieles de borreguitos se echan al lomo…



Los hay de todo tipo.



Desde los que salen periódicamente en los telediarios ensuciándonos el karma a más no poder, pasando por la prensa, la radio, las antenas orientadas hacia galaxias lejanas, el panadero con sus morbosos cotilleos, la vecina que raja de la del quinto, los trabajadores conspirando contra sus jefes, o, sencillamente, el típico amigo o amiga que se descarga llorando en tu hombro su desgraciada vida sentimental durante hora y cuarto y sólo descansa cuando ve que tienes el mismo careto de amargado que él… O ella… Y no me refiero al humano y lógico desahogo de una persona cercana, sino a esos que, de forma sistemática, asaltan nuestro interior sin miramiento ni interés alguno por nuestro estado, como si fuésemos un saco inanimado en el que descargar sus ansias.



En efecto...



Hay miles de personas a nuestro alrededor que se levantan cada día con la intención de buscar una víctima a la que quitarle esa sonrisa de la boca porque ellos son incapaces de mostrarla, de ensombrecer la luminosa mirada que podamos tener porque ellos jamás se han parado a contemplar la belleza de un amanecer, en resumen, de intentar arrastrarnos a su estado porque no soportan que una persona sienta esa felicidad que a ellos les falta... No… No dejen que nada ni nadie les borre gratuitamente esa sonrisa de su rostro.



Así que tenga usted cuidado la próxima vez que en mitad de una conversación comience a sentir un cosquilleo de malestar en el estómago o cierto grado de palpitación en la sien…



Relájese... Túmbese, aunque sea mentalmente, en la orilla de una playa edénica donde las olas le ayuden a limpiar toda es verborrea que intenta pegarse parásita en sus adentros...



Podría estar siendo la víctima de un auténtico ladrón de energía.